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'El proceso', una novela en la que la incertidumbre es el emblema de nuestro destino

Un libro lleno de preguntas en el que Kafka nos sumerge en un universo inquietante y extraño en el cual terminamos reconociéndonos

'El proceso', una novela en la que la incertidumbre es el emblema de nuestro destino

'El proceso', una novela en la que la incertidumbre es el emblema de nuestro destino

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Franz Kafka nació en 1883 en Praga, en el seno de una familia judía de habla alemana. En 1922 obtuvo la jubilación anticipada a causa de la tuberculosis, enfermedad que empezó a padecer en 1917 y que le ocasionaría la muerte en 1924 en el sanatorio de Viena en las cercanías de Viena. Formó parte de los círculos literarios e intelectuales de su ciudad, pero en vida apenas llegó a publicar algunos de sus escritos, la mayor parte en revistas.

El grueso de la obra de Kafka, entre la que se cuentan tres novelas, varias decenas de narraciones, un extenso diario, numerosos borradores y aforismos, y una copiosa correspondencia, se publicó póstumamente por iniciativa de su amigo y albacea Max Brod, que desobedeció el deseo expresado por Kafka de que se destruyeran todos sus textos.

El porqué del carácter "adelantado" que se le atribuye a la literatura de Kafka

'El proceso' se publicó en 1925 pero fue escrita entre julio de 1914 y enero de 1915. Es una novela llena de preguntas en la que Kafka nos sumerge en un universo inquietante y extraño en el cual terminamos reconociéndonos. Leerla es toda una experiencia. Y cuantas más veces se lee, más lúcida parece. 'El proceso', segunda de las novelas de Kafka, quedó a su muerte, como las otras dos ('El desaparecido' y 'El castillo'), inacabada. Fue tarea de Max Brod reunir los diversos manuscritos – primer borrador en forma de cuadernos en cuarto, luego en forma de hojas sueltas, que es como esta novela llegó a manos de Brod–, interpretarlos a su manera y llevarlos a la imprenta.

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El carácter "adelantado" o "anticipador" que atribuimos a la literatura de Kafka puede explicarse de maneras muy distintas. Hay quien opina que Kafka es hijo de su tiempo, que está inmerso en las determinaciones históricas que se derivan del complejo entramado político, cultural, religioso y lingüístico del Imperio de Austria-Hungría. Otros dicen que Kafka no es más que un autor realista, que no lo parece por el mero hecho de que incorpora a su literatura unas extrañas figuraciones, convencido, posiblemente, de que esas rarezas se adecuan a la "realidad" de su tiempo, y también convencido de que la propia "realidad" ha vivido siempre en una frontera situada entre lo real y lo fantástico. Otros apelan, como parece sugerir el impacto inicial que siempre genera la lectura de sus libros, a la categoría del genio, que lo explica todo sin que sea necesario analizar nada.

El secreto de la obra kafkiana

El secreto de la obra kafkiana reside en que obliga al lector a darse de bruces ante una situación inverosímil, pero también en conseguir que esta inverosimilitud, sin aclararse nunca, se convierta en el alma y la legitimación de toda una "poética". Lo singular o lo chocante en la narrativa de Kafka no llega a diluirse nunca sino que permanece en el aire –es la viciada atmósfera de los espacios kafkianos–, se incrusta en nuestra experiencia cotidiana y sigue generando por mucho tiempo extrañeza, perplejidad o ansia de conocimiento de la verdad. Cada vez que nos preguntamos por el sentido de uno u otro pasaje de 'El proceso', topamos con una pregunta de un alcance tan monstruoso, tan elevado y situado tan lejos de nuestra contingencia, que no nos queda otro remedio que mantener la pregunta, sin descanso, en todo su vigor.

El mérito literario de Kafka está en ese lugar de engarce entre las categorías de lo real y de lo inverosímil; en el punto en el que la ficción literaria se funde con nuestra experiencia, sin que nuestra experiencia haya pasado jamás por situaciones como las que Kafka describe. Su modo de hacer literatura es tan sumamente prodigioso e inédito, que leyendo a Kafka acabamos reconociéndonos con un mundo que no creímos que fuéramos a conocer jamás, pero que, una vez conocido, nos resulta poco menos que familiar. Lo siniestro se convierte entonces en algo doméstico, con la particularidad de que esta anexión de lo siniestro por parte del lector no choca con violencia contra su más o menos acomodada existencia; al contrario, la abraza casi para ofrecerle consuelo. No para redimir al lector, ni para darle esperanza, pues no existe redención ni esperanza en la obra de Kafka.

Kafka parece ofrecer esta novela a la posteridad cargado de un sentimiento vergonzoso: el sentimiento de haber ofrecido a su tiempo un diagnóstico, pero ninguna cura; un embrollo, y ninguna guía; un laberinto cuya salida, si es que existe, resulta siempre postergada. Nosotros, los lectores de Kafka, perderemos a la fuerza buena parte de nuestro orgullo al entrar en sus libros, pues aventurarse en ellos obliga a aceptar que la vacilación y la incertidumbre son el emblema de nuestro destino. El mayor mérito de Kafka es urdir un entramado simbólico tan ambiguo como enmarañado que equivale a una completa mitología para los tiempos modernos, es decir, para uno de los momentos históricos más enrevesados, caóticos y desconcertantes que se conocen.

Este artículo contiene fragmentos del prólogo y las notas de Jordi Llovet a la edición de DeBolsillo

 
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