Qué mal hueles, Gijón del alma

Asturias
Si a alguien se le ocurre ponerse a vender mascarillas por las calles de Gijón seguro que se forra. Sus gentes respiran porquería y, claro, andan muy, muy cabreados, de hecho, ya salieron hace unos días a la calle para reclamar que “necesitan respirar, descubrir el aire fresco y decir cada mañana que son libres como el viento”. Lo malo es que, ni las personas nos concienciamos, usando menos el coche, por ejemplo (ver cualquier colegio lleno, qué digo lleno, colapsado por los coches a la hora de entrar o de salir los guajes resulta, de verdad, el paradigma de la necedad humana); ni tampoco a las empresas como Arcelor se les quieren apretar las tuercas, exigiéndoles lo que por ley les corresponde, tecnología ambiental eficiente y sanciones si no lo cumplen. Y es que tienen la sartén por el mango, avisando de que las cosas están muy mal y amenazando con irse a otro lugar. Y ahí nos dejan, debatiendo entre unos y otros qué será mejor, si morirnos por respirar o por miseria.
Por si fuera poco, el agua del Piles y de una parte de la playa de San Lorenzo, lejos de ser clara y cristalina, como corresponde con lo que viene a ser un paraíso natural, resulta ser de un color extraño y desprende un olor fétido, pues han descubierto que aloja sospechosas sustancias que tienen que ver más con excrementos que con algas. La contaminación fecal está disparada, supera, no en el doble, ni en el triple, supera en 48 veces los límites permitidos. Y no, no viene del Elogio del horizonte, del váter de King Kong no ha salido.
“Este Gijón que quiero y que tanto adoro” nos envenena por tierra, río, mar y aire, nos está impregnando a través de todos los poros de la piel, para que lo llevemos, de verdad, “en las entrañas y no lo olvidemos nunca, nunca, nunca…”