El discurso del rey
Así como la intervención de su padre el 23F había puesto punto final al golpe, Felipe VI sabía que su intervención no iba a detener la ofensiva independentista
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Madrid
El 3 de octubre, ayer hace un año, el discurso de Felipe VI sobre Cataluña marcaba su reinado. Tras lo ocurrido el día 1, Puigdemont había declarado que consideraba vinculante el referéndum ilegal y que iniciaba los trámites para proclamar la independencia en los próximos días. Hoy, un año después, pienso lo mismo que pensaba y dije aquel día, que en aquellas circunstancias la intervención del jefe del Estado era insoslayable porque Rajoy estaba, pero como si no estuviera, que con sus palabras Felipe VI se jugaba la corona, pero que para muchos se la estaba jugando ya con su silencio, que solo podía decir lo que dijo: defensa rotunda de la Constitución, denuncia a quienes la habían desafiado y llamada al restablecimiento del orden constitucional. Pero que, así como la intervención de su padre el 23F había puesto punto final al golpe, Felipe VI sabía que su intervención no iba a detener la ofensiva independentista. Por lo cual, al hacer lo que debía, sin duda era consciente de que estaba comprometiendo uno de sus atributos principales, su poder arbitral, y que junto al apoyo de la mayoría de la sociedad española, que necesitaba oír palabras de esa contundencia, se cerraba tal vez para siempre las puertas de una parte muy importante de Cataluña. Un precio altísimo pero ineludible o, dicho al revés, un precio ineludible pero altísimo. Muchos le reprocharon no haber incluido en el discurso ninguna palabra de sentimiento para los sucesos del día 1. ¿Hubiera debido hacerlo? Era difícil, pero tal vez sí. ¿Hubiera cambiado algo? Evidentemente no hubiera cambiado nada.