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Opinión

Cada vez es más difícil entenderse con el movimiento independentista

La sociedad catalana se atomiza, los pedazos son cada vez más pequeños y la hostilidad entre ellos más incomprensible

Cada vez es más difícil entenderse con el movimiento independentista

Cada vez es más difícil entenderse con el movimiento independentista

Ayer se cumplieron 12 años de la primera de las muchas manifestaciones de la Diada de Cataluña que marcaron el 'procés'. En aquella, los políticos en el Govern, señalados ya por los recortes y la situación económica, se subieron al carro de las reclamaciones independentistas y se vinieron tan arriba que acabaron por protagonizar uno de los episodios políticos más desastrosos para Cataluña y para España.

La ruptura en el independentismo es una realidad

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En aquella manifestación se mezcló una amalgama de reivindicaciones que iban de lo social a lo político, y quedaba claro que en la sociedad catalana había ido hirviendo un caldo de cultivo de descontento y desapego que de alguna manera se tenía que abordar. Unos, los dirigentes catalanes, vieron una oportunidad para desviar el foco de lo realmente importante, la situación económica; otros, el gobierno de Mariano Rajoy, lo contempló con indiferencia. El propio Rajoy llegó a calificar aquella multitudinaria manifestación de algarabía, se acuñó el término "suflé" y se actuó como si aquello fuera una fiebre temporal. Y luego ya todos sabemos lo que pasó.

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Ayer fue 11 de septiembre, la Diada, y otra vez el independentismo medía su músculo en la calle. Sigue fuerte, el suflé está muy lejos de bajar, pero esta vez aquellos que en el arranque lo quisieron capitalizar, algunos los que lo pilotaron sin atender a razones, algunos de los que pagaron con cárcel, se han convertido en el blanco de los hiperventilados. La ruptura en el independentismo es una realidad y alcanza a los dos partidos que comparten Govern en la Generalitat. Lidera ahora la llamada sociedad civil que alienta el clima de ruptura y que ya no señala solo a los partidos en Madrid como responsables de la situación, sino que mete en el mismo saco a los que, hasta hace dos días, eran los suyos.

Así pues la sociedad catalana se atomiza todavía más, los pedazos son cada vez más pequeños y la hostilidad entre ellos más incomprensible. La palabra "botifler", traidor, salta de un lado como si el sentimiento independentista fuera incompatible con el pragmatismo. Se exige pureza absoluta. El debate público lo dirigen ahora los más intransigentes que ya no confían ni en sus propios líderes políticos, de manera que la base independentista en lugar de ensancharse, una de las claves que perseguían los partidos ahora en la Generalitat, se va empequeñeciendo, pero sigue existiendo. El movimiento independentista no desaparecerá, pero cada vez será más difícil entenderse con él.

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