A vivir que son dos díasLa píldora de Leila Guerriero
Opinión

Bemberg asciende

"Cuando escucho un bolero que me recuerda a la mujer que era hace veinte años, es como volver a sentir la lucha contra el destino que me habían deparado y que yo rechacé"

Bemberg asciende

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Buenos Aires

Había nacido en 1922. Si no hubiera fallecido en 1995 ahora tendría cien años y posiblemente seguiría como entonces: apurada. Había llegado tarde a su vocación y necesitaba recuperar tiempo. Se llamaba María Luisa Bemberg, fue una directora de cine argentina que hizo, en doce años, seis películas. Una de ellas, Camila, basada en una historia real del siglo XIX, el romance entre una chica de la aristocracia porteña y un cura que acabaron fusilados, estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera. No ganó, pero la vieron dos millones y medio de personas. Fue hija de una de las familias más tradicionales y ricas del país. Se casó, tuvo cuatro hijos, se divorció, jamás volvió a casarse. Nunca fue al colegio porque las de su estirpe no estudiaban: las preparaban institutrices para una vida de adorno y procreación. Vivió en pie de guerra contra ese estado de cosas que consideraba perverso y que, a su vez, fue el germen de su mutación: devino feminista natural, salvaje. “Mis ideas no pueden no ser feministas –decía-. Cuando escucho un bolero que me recuerda a la mujer que era hace veinte años, es como volver a sentir la lucha contra el destino que me habían deparado y que yo rechacé. Esa lucha fue como un largo túnel, muy doloroso, muy duro y muy solitario”. En plena dictadura militar, tempranos setenta, fue una de las fundadoras de la Unión Feminista Argentina cuando la palabra feminista era peyorativa y sospechosa. Empezó escribiendo guiones pero, disconforme con lo que los directores hacían con sus libros, decidió filmarlos por su cuenta. Así, a los 58 años, se lanzó de cabeza a un mundo desconocido y, aunque tenía terror a fallar, sus películas, protagonizadas por mujeres díscolas (en Momentos, de 1981, una mujer casada vive un romance con un hombre más joven; en Señora de nadie, de 1982, un ama de casa abandona a su marido y sus hijos para quienes no es más que un electrodoméstico), tuvieron estupendas críticas y éxito de público. Su asistente de dirección, Alejandro Maci, dirigió un documental sobre ella –El eco de mi voz- que se estrena ahora en Buenos Aires. Maci recoge momentos magistrales como cuando un conductor de televisión le preguntó, jocoso: “¿Por qué decir que una mujer es feminista está bien y decir que un hombre es machista está mal?”. Ella le dijo: “Son cosas opuestas. Ser machista es ser fascista. Ser feminista es ser antifascista”. Cuando otra entrevistadora le preguntó qué había aprendido de sus dos “facetas creativas” como madre y cineasta, respondió: “Ser madre no es un acto creativo. Hay que caminar, leer y alimentarse bien. Nada más”. Hizo películas cada vez más vanguardistas y audaces –en la última, De eso no se habla, Marcelo Mastroianni se enamora de la protagonista, que es enana- y ocupó un espacio incómodo: los de su clase la consideraban apóstata, la gente del cine una señora adinerada que filmaba para darse el gusto. Fue un extraño planeta: aristócrata en guerra, feminista lúcida, cineasta absoluta. En el preestreno, antes de la proyección del documental una de sus hijas me dijo: “Mamá debió sentirse muy sola”. Quizás ese fue el precio, pero también el sitio del que tomó su fuerza.

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