Don Ramón y la neurolingüística

Asturias
De lunes, comiendo en tierras de los ancestros vecinos cántabros en una venta de aquellas en el solar de los antepasados de Lope y Quevedo, en la última de ‘La Voz de Avilés’ o de ‘El Comercio’ de aquí que lleva la cabecera de ‘El diario montañés’ —así van domeñándonos en estos tiempos con diseños e informaciones repetidos y reproducidos— leí que la neurolingüística había logrado aislar y secuenciar las primeras articulaciones en el habla de la infancia. Y no contentos con analogías las tenemos ya digitalizadas. O sea, que andamos reconstruyendo la comunicación primera de nuestros hijos.
Pero antes… Aprovechando mi fin de semana inglés, había disfrutado las últimas horas del Madrid de Carmena, en la Biblioteca Nacional retratándome en su vestíbulo bajo un retrato de Eduardo Mendoza mientras esperaba para ver el códice de Vivar del Cantar de mio Cid. Eso y repasar a don Ramón Menéndez Pidal, la filología hispánica, el español, la lingüística, nuestra primera literatura: Lapesa, Alarcos, Catalán, Galmés, Lledó, Adrados, Alvar, Luis Gil articularon con sus discípulos la ciencia de nuestra lengua, tan distinta a aquellos manuales hoscos, toscos, rancios de la represalia. A punto de identificar el adn del lenguaje, ¿quieren regresarnos a la tribu del bisonte de Altamira y de la mano de El castillo? ¿Quién pelea, hermano?