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Grimorios: Libros malditos

La característica común de estos grimorios es que casi todos ellos nos aseguran que podemos ponernos en contacto con las fuerzas ocultas de la naturaleza o curarnos de enfermedades, desde las más peregrinas a las más graves, con tan sólo pronunciar unas palabras precisas

Halloween still life with magic book and quill on wooden planks 2 / VeraPetruk

Palabras de poder que sirven de «abracadabra» para casi todo. Por eso eran libros codiciados, a la vez que malditos y perseguidos por la Inquisición. Su posesión otorgaba poder.

En el Enquiridión, del papa León, por ejemplo, se da una receta para las quemaduras consistente en soplar tres veces encima de la misma diciendo tres veces estas palabras: «Fuego, pierde tu calor como Judas perdió su color cuando hubo traicionado a Nuestro Señor en el huerto de los Olivos». El quid de la cuestión no está en lo que se dice sino en cómo se dice... El origen de los grimorios es incierto. Se sabe que en el antiguo Egipto ya existieron libros que recopilaban conjuros. Sus más claros precedentes proceden de la magia babilónica, que influyó en la magia judía. En Europa comenzó su difusión a partir del siglo XII. Bien es verdad que pocos sabían leer, así que su uso quedó restringido a una elite de magos y de eclesiásticos. Los que utilizaban estos grimorios entre los siglos XVI al XVIII creían en la posibilidad de hacer intervenir a los espíritus angélicos y demoníacos en los asuntos humanos (con o sin pacto), y en conseguir poderes sobrehumanos o bien encontrar tesoros encantados.

En los grimorios es donde se hacía más uso y abuso de estos lenguajes, rituales y símbolos herméticos para invocar a demonios, ángeles o entidades de dudoso origen. Muchos grimorios son manuales de fórmulas de magia negra, escritas en pergaminos que decían estar hechos con piel de animales y escritos con sangre de vaya usted a saber qué bicho. En estos libros, auténticos vademécums brujeriles, se incluían recetas para conseguir hechizos variados o para invocar a los espíritus más estrafalarios. También era frecuente incluir la confección de talismanes y hasta argucias y trucos para pactar con el demonio en los días propicios. Eran los Libros Negros, Libros Nigrománticos o Libros de los Brujos, temidos, apetecidos, prohibidos y buscados porque se creía que otorgaban conocimientos y poderes a aquel que los tuviera.

Para darles más credibilidad, algunos de ellos se atribuían a santos, papas o monjes y otras veces sus autores eran tan legendarios que al pobre Salomón le han adjudicado varios de ellos sin comerlo ni beberlo. La mayoría son textos anónimos pues ni Salomón, ni el papa León III ni el antipapa Honorio quisieron hacer más méritos para aumentar su currículum vitae.

En Europa es conocido el enigmático Codex Gigas (de 75 kilos de peso y con una representación del demonio a página completa) así como Las Clavículas de Salomón y el Testamento de Salomón, en cuyas páginas se encontraba todo lo que uno se pueda imaginar y más. Otros grimorios brujeriles son El libro mágico del papa Honorio, El Enchiridión del Papa León III, El pequeño Alberto y El Gran Alberto (la autoría estaba reconocida a san Alberto Magno), Libro de Armadel y otros con títulos no menos significativos y animalescos como El Dragón Rojo o La Gallina Negra.

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